Un cambio de mirada para una crianza terapéutica, por María Elena Rodríguez Borrajo

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Un cambio de mirada para una crianza terapéutica, por María Elena Rodríguez Borrajo

 

Diez meses, diez firmas

Profesional invitada en el mes de enero 2016:

María Elena Rodríguez Borrajo

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María Elena Rodríguez Borrajo. Psicóloga y educadora infantil, especializada en el tratamiento con niños y niñas y adolescentes que han sufrido desamparo temprano. Formada por la Fundación Exil por los profesores Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan en el Postgrado en Traumaterapia infantil-sistémica. Con 20 años de experiencia en el ámbito de la protección infantil y la atención en centros de menores y el acogimiento familiar. Fundadora del Centro Alén en donde ejerce actualmente como directora en el trabajo con instituciones, familias y asociaciones vinculadas al acompañamiento de niños y niñas que han sufrido situaciones de riesgo, negligencia o maltrato temprano. Colaboradora en diversas publicaciones vinculadas al ámbito: “Neurospsicología del maltrato y el abandono” “¿Donde QUEDA el interés superior del menor?”

Tener la oportunidad de suceder al artículo de  mi queridísima compañera María Vergara, amiga y colega admirada de profesión, es uno de estos regalos envenenados que te entregan de vez en cuando en la vida, y que, a no ser porque conozco a quien me hace el regalo, otro querido, admirado amigo, con sincera sonrisa y un alma enormemente noble, de esas noblezas que se huelen a tres metros de distancia, habría quizás rehusado la invitación, ya que no es fácil dar continuidad a lo tan bien descrito por ella.

Así que he decido aprovechar la oportunidad para dar rienda a mi memoria y poder, desde mi propia vivencia, abordar uno de los contenidos cruciales que abordamos en la propuesta formativa de crianza terapéutica: cambiar la mirada, rescatar al criador terapéutico de la fascinación-condena de las crianzas más frecuentes. Me refiero a la crianza de niños y niñas que han tenido el privilegio de  crecer en un entorno de afecto, estable, predecible, lo suficientemente sano, como para generar esa savia que recorrerá su cuerpo hasta el fin de sus días y que los psicólogos damos en llamar apego seguro.

Un niño así criado, en un ambiente de buenos tratos, presentará retos, dificultades, dudas… que le harán titubear, a lo largo de su vida, y a su lado titubeará su familia, pues el reto de estar vivo sólo termina con la muerte. Pero al igual que uno de esos muñecos tentetieso con los que jugábamos de bebés, tras los golpes que le trastabillan, recuperará la calma y sobre la base sólida volverá a mantener el equilibrio, se trata del enorme recurso de la resiliencia primaria.

Si probamos a hacer el mismo ejercicio con un muñeco concebido de otra forma, que carezca de esa base pesada y estable, y aplicamos exactamente los mismos golpes que al tentetieso, el resultado será diferente. Alguno se romperá, otro caerá pesadamente y dañará la superficie sobre la que reposa. En todo caso no podremos confiar en la recuperación de su estabilidad por sí mismo. En definitiva, sin esa base sólida que constituye el apego seguro las normas de juego cambian.

 Ir al colegio y lidiarchange con profesores e iguales, pertenecer a un grupo de amigos, posponer las gratificaciones, aprenderse la tabla de multiplicar, tolerar la imagen física… son esos pequeños golpes, esos retos vitales que la mayoría de los  niños/as en nuestra sociedad afronta y de un modo u otro, logra resolver. Sin embargo, otros no consiguen hacerlo por sí mismos, será tanto el desequilibrio y tan poquitos los recursos para levantarse que temblará de pánico ante la cercanía de un nuevo empuje, agredirá o se encerrará en sí mismo abrumado por el dolor de los golpes y la espera de un nuevo fracaso.

Se trata sin duda de juguetes diferentes, con necesidades diferentes y recursos diferentes.

Durante quince años de mi profesión jugué con muñecos de pies estrechos, pensando que se trataba de tentetiesos.

Quince años en los que fui educadora y directora de centro de menores, lo hice con una entrega sincera, un cerebro lúcido y mucha más energía de la que quizás dispongo ahora; pero con un desconocimiento profundo de cuales eran las normas del juego.

Mi propia crianza, lo escasamente aprendido en la facultad y alguna que otra experiencia como monitora en un grupo scout, era la base teórica y experiencial con la que me ponía en marcha: ni más ni menos que a acompañar y criar a niños y niñas que habían crecido  en mundos y vidas que desconozco por completo .

Es curioso cuánto tarda la experiencia en martillear sobre lo ya aprendido, sobre las expectativas que no se conciben como probables, sino como seguras.

Si yo trataba con consistencia a un niño, le daba afecto y las condiciones de crianza actuales eran adecuadas, todo debería de ir bien, era lo que se esperaba y lo que me exigían desde las direcciones de los centros de menores, desde los sistemas de protección, desde los colegios y sin embargo…

Todos los educadores que me leen podrán reconocer la terrible desolación que se siente cuando te llaman para notificarte una fuga de un niño que ¡¡¡iba bien!!!!, cuando constatas que una de las chicas ha comenzado a manifestar síntomas de trastorno alimentario, cuando te llaman para que vayas al instituto a recoger en un caldero todas las quejas del muchacho que “viene a perder el tiempo”, cuando llegan los temidos embarazos adolescentes, o cuando ves a un niñito se seis años autolesionarse por enfados que no deberían de pasar de un mínimo disgusto. La realidad se imponía tozuda a mis expectativas.

Desde mi pequeño y desinformado punto de vista, nada de esto debería de ocurrir.

¿Sería mi culpa? ¿Mi incompetencia? ¿Optaba por echarle la responsabilidad al sistema de protección? ¿Sería una base genética inamovible y condenada la que empujaba a los chicos a comportarse de aquel modo? La vivencia de malos tratos previos era descartable, había pasado tanto tiempo de aquello, ahora estaban bien, muchos de ellos llevaban años conviviendo con sus familias adoptivas, era imposible que recordasen nada de aquello.

Son estos recuerdos los que ahora me hacen capaz de acompañar a las familias y profesionales con los que trabajo, entender su desánimo y frustración al no poder comprender por qué mi niño/a se cae, por qué no es como los demás, qué hago mal o qué es lo malo en él/ella.

La psicopatología quedaba reservada como explicación para los más graves, a los que se le atribuían diagnósticos y tratamientos, mientras algo te decía dentro de ti que no eran tan diferentes de los otros, los no diagnosticados.

Así pasaron años, no me da vergüenza reconocerlo, ya que creo que en ningún momento dejase de buscar la respuesta y la mejora de mi práctica, pero nadie acertaba a decirme algo para mi ahora evidente: trataba a niños/as diferentes, eran niños y niñas afectados, y mi juego debía ser de otro modo, con otro ritmo, y otro tiento. Mientras esta conciencia no llegase pivotaría entre mi enfado conmigo misma, mi enfado con los niños/as exigiéndoles lo que no podían dar, o mi enfado con otros.

Así me encuentro a cantidad de padres, madres, acogedores, educadoras, directores, etc., en los cursos que impartimos.

Al igual que a mí me pasó, la conciencia de la diferencia resultó terapéutica, para mí y para los que crié.

En mi caso me llegó de la mano de Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan quienes me acompañaron a descubrir cómo los fallos no eran tales, si no lo esperado; y desde lo que había que partir para empezar a avanzar.

mirada

Cada vez que tengo la oportunidad de acompañar a un adulto que ama a un niño afectado por maltrato a entender la verdadera causa de su conducta, descubro en él alivio y el nacimiento de una nueva energía.

Una energía que está lejos del inmovilismo. Reconocer la diferencia de nuestros niños no es un ejercicio notarial de la limitación y dificultad, es el punto de partida, el diagnóstico del médico que nos ayudará a atinar con el abordaje y la propuesta terapéutica que haga que la persona llegue lo más lejos que pueda hacerlo, que pongamos a su disposición los recursos más idóneos para subsanar la enorme injusticia que es verte privado de una crianza adecuada.

Se trata de cambiar la mirada, comprender, emplear todo lo sabido y descubierto por la ciencia para ayudar a estos niños y niñas. Si el sesudo artículo científico que aborda la hipersensibilidad de la amígdala en humanos privados de acompañamiento temprano viaja y se traduce para esa mamá o educadora que no comprende porqué el pequeño cambio de planes sobre lo que se hará por la tarde, ha desencadenado una reacción agresiva desbordada en su chica de quince años, su mirada será diferente. Y eso es lo primero que es necesario mutar para que después pueda sentir, y más tarde actuar diferente, podamos actuar terapéuticamente.

Desde crianza terapéutica tratamos de acercar esos recursos que permitan entender a nuestros chicos, procuramos acompañar a los criadores a que se quiten con delicadeza la chaqueta de sus expectativas y que las sustituyan por otras. Sin ser bruscos, para que el plan inicial sea complementado por otro que no sea incapacitante o ciego a las verdaderas posibilidades de sus chicos/as y que atienda a su realidad. Adecuadamente vestidos, los criadores podrán ahora encaminarse a practicar y descubrir nuevos modos de hacer.Fascinada he visto cómo resulta, he constatado cómo el cambio de mirada ha contaminado mi acción y ha llegado de una forma apropiada a los chicos y chicas. ¡Claro que las dificultades son enormes, algunas veces el daño ha sido crítico, y no podemos llegar hasta donde nos gustaría! Pero entenderlo es ya de por sí mejor.

Desde Crianza Terapéutica no nos queda ninguna duda de que sois vosotros/as, los criadores, la mejor herramienta para ayudar a vuestros niños y niñas. Por lo tanto, ajustad las gafas con las que los miráis ya que un empeño valiosísimo al que merece dedicarle tiempo, recursos y esfuerzo.

En el Centro de Psicoterapia Alen de A Coruña (Galicia) las psicólogas y psicoterapeutas infantiles Elena Borrajo, María Vergara y Laura Fariña formadas con Barudy y Dantagnan han desarrollado recientemente un programa de formación en crianza terapéutica para todas las personas que deben de acompañar a menores de edad con trauma y/o problemas o trastornos del apego

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