La relación terapéutica, por Patxi Izagirre Ormazábal, psicólogo clínico y psicoterapeuta.

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La relación terapéutica, por Patxi Izagirre Ormazábal, psicólogo clínico y psicoterapeuta.

Diez meses, diez firmas II

Invitado del mes de noviembre de 2016:

Patxi Izagirre Ormazabal, psicólogo clínico

Título del artículo: La relación terapéutica

Había oído hablar en innumerables ocasiones y a través de diferentes personas del psicólogo clínico y psicoterapeuta Patxi Izagirre. Y siempre muy bien, percibiendo en quien me hablaba sensaciones de conexión emocional hacia la persona de Patxi. Y estas percepciones (o neurocepciones) se confirmaron cuando al fin, tuve el gusto de conocerle el pasado mes de mayo, en el marco del Congreso de Norbera, en una comida junto con otros colegas y amigos/as. Patxi Izagirre es un profesional de reconocido prestigio, especialista en duelo, con años de formación y trayectoria profesional, colaborador habitual en El Diario Vasco y profesor del Master de Psicología General Sanitaria en la Universidad del País Vasco (Sus alumnos/as están de enhorabuena porque podrán aprender mucho de sus conocimientos y experiencia, y de su sensibilidad como persona, de su capacidad para ejercer una psicoterapia humanista) Ambos nos reconocimos en el encuentro que tuvimos como apasionados del trabajo de la relación terapéutica como cimiento y fundamento sobre el que la terapia debe de descansar, si quiere llegar a buen puerto. Le propuse escribir para Buenos tratos y… ¡aquí le tenéis! No lo dudó un momento porque compartimos territorios comunes, y creo que él se siente identificado con la filosofía de este blog. Muchísimas gracias Patxi, por colaborar como firma invitada y formar parte del elenco de selectos profesionales que integran la manada de gente buena de este blog. Disfrutad de este gran artículo, merece que os deis la buena oportunidad de leerlo.

Patxi Izagirre Ormazabal. Psicólogo especialista en Psicología Clínica. Psicoterapeuta integrativo (EFPA). Profesor en el Master de Psicología General Sanitaria en la Universidad del País Vasco (UPV-EHU) Trabaja en su consulta privada en San Sebastián, Gipuzkoa.image

“El objetivo es sentir que quien nos ayuda, nos acepta como somos y nos enseña a responsabilizarnos y aprender de nuestros rasgos de personalidad que nos generan dificultades. Pero sin sentirnos enjuiciados o desautorizados”.

Acercarse a una persona desconocida para pedir ayuda no es un asunto fácil. Pensar que vamos a compartir nuestra intimidad, que en ocasiones es confidencial incluso en nuestro entorno cercano, resulta inseguro. Esto provoca un encuentro inicial de tanteo analítico y desconfianza defensiva. Por tanto, el primer encuentro es muy importante para elegir internamente apostar por la alianza terapéutica y mostrarnos, o por el contrario, controlar nuestro discurso como pacientes y quedarnos en la zona conocida y no arriesgada de hablar calculando las consecuencias.

Quizás el paciente ha estructurado el relato del primer encuentro y organiza su discurso describiendo el sufrimiento o la frustración acumulada. Entre líneas, existe un código de gestos, entonaciones, miradas, silencios, posturas corporales… comunicación no verbal que en mi opinión es la que influye para que el encuentro resulte creíble y no simulado o fingido por amabas partes.

Para comenzar la indagación terapéutica es necesario previamente establecer la alianza en la relación. El metalenguaje, el respeto a los silencios y la espera en las evitaciones, es una de las características de una buena sintonía. Escuchar el relato implica también leer entrelineas todo aquello que se omite en la narración mantenida sesión tras sesión. En conclusión, la sintonía terapéutica parte de una buena alianza que permita cuestionarnos aspectos difíciles de compartir con uno mismo y con el otro. La indagación terapéutica de los mencionados matices se produce cuando el paciente percibe al terapeuta como ayudador, entendedor, alumbrador y, sobre todo, apoyo seguro ante la confusión que produce el abrirnos a un discurso emocionalmente improvisado.

Modular la relación y sincronizar el entendimiento requiere un buen uso de las preguntas adecuadas por parte del terapeuta. La pregunta lleva implícito un profundo conocimiento del posible estado en el que se encuentra el paciente. Antes de emitir la respuesta, la curiosidad terapéutica permite encender la linterna que ayude a mirar rincones de la cueva a los que no llega la luz de la consciencia. Es un proceso con interés humano y queriendo conocer el relato por primera vez. Dar total credibilidad y validez a los hechos como si fuésemos espectadores de una película en el cine, en la que no podemos interferir en lo que ocurre, ni utilizar fotoshop en el relato. Debemos meternos en el personaje que tenemos delante tal y como desarrolla su vivencia. El establecimiento de dicho contexto relacional nos va ayudar a sentirnos seguros para el abrir escotillas y dejar el periscopio controlador, siguiendo la metáfora del submarino que emerge de la profundidad del mar calculando si puede mirar sin que le vean o se puede dejar ver en confianza y anonimato.

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Doy mucha importancia a la relación terapéutica porque pienso que es en la relación con el otro, sea familiar o contexto social, donde conformamos nuestra identidad. El yo resultante está mediatizado por lo que se espera que seamos y lo que nos gustaría ser, dejando el espacio sobrante a lo que ecológicamente somos. Es decir, el autenticismo y la genuinidad que necesitan protegerse con una máscara adaptada a la aprobación y reconocimiento condicional del entorno. El objetivo es sobrevivir en el mencionado contexto afectivo y el resultado es transgénico. Las personas que han necesitado mendigar afecto para poder sobrevivir, especializándose por tanto, en el agradar y complacer para ser tenidos en cuenta….han tenido que pagar una hipoteca a interés variable y a largo plazo, que les permita sobrevivir desde el punto de vita afectivo. Dicha hipoteca es la desconexión de sus necesidades en detrimento de las necesidades del otro. La desensibilización del yo ecológico por el miedo al rechazo o el abandono. La evitación del conflicto y la sobreadaptación al medio, por un lado, la provocación del conflicto y la venganza, ante el miedo-riesgo de ser manipulados afectivamente en una nueva relación, por otro lado.

Por eso es tan importante la sintonía y la alianza terapéutica. También el terapeuta se puede colocar desde el papel que los pacientes esperan que sea o el ideal de terapeuta que le gustaría ser. En la genuinidad de la sesión y el respeto a las diferentes posiciones, reside la oportunidad del encuentro rehabilitador y terapéutico. El fingimiento se nota. El postureo se nota. El refugio contrafóbico en la teoría se nota. La explicación blablabla que controla la implicación en el encuentro se nota. Me atrevería a decir que más que terapias hay terapeutas. Personas con idiomas terapéuticos diferentes que se ajustan a lenguajes maternos diferentes. Pero ante todo, personas con presencia en el encuentro entre dos personas.

De esta manera podemos sentir algo evocador de aquellas relaciones tempranas y afectivamente estructuradoras de nuestra identidad. Así pueden emerger, la culpa, la rabia, los celos, la vergüenza, el orgullo, el miedo, el resentimiento, la confusión… y poder comprobar en la mirada del terapeuta que todo eso tiene cabida y que en lugar de enfadarse por vernos así (ceño apretado), nos podemos responsabilizar y colaborar para aprender a manejar de otra manera la situación, pero sin miedo a que no le gustemos así. ¡Claro que observamos el comportamiento conflictivo o el síntoma torturador! Lo que también sentimos es que quien se encuentra enfrente no se cansa de nosotros y nos ayuda a reeducarnos desde la responsabilidad y la ilusión de conseguir sentirnos mejor con nosotros mismos y nuestro entorno. El tiempo, el espacio, el encuadre consensuado por ambos nos va a permitir que no solo aparezcan el escaparate de quienes somos sino también daremos protagonismo a la trastienda y pondremos todo patas arriba derribando muros y abriendo cerrojos.

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El objetivo es sentir que quien nos ayuda, nos acepta como somos y nos enseña a responsabilizarnos y aprender de nuestros rasgos de personalidad que nos generan dificultades. Pero sin sentirnos enjuiciados o desautorizados. Pienso que es la clave para tratarnos a nosotros mismos de forma saludable y con autoestima. Aprender a querernos como somos y desarrollar la tolerancia y transigencia hacia nuestra persona, con la misma paciencia y criterio pedagógico que haríamos con un hijo a quien queremos incondicionalmente y deseamos criar de la mejor manera posible. Enseñarnos sin reñirnos y colaborar con empatía y tacto cuando más lo necesitamos. Podernos convertir en nuestro mejor guía y guardián. Nuestro fiel profesor y defensor. Alejarnos del autoengaño y sentirnos como en casa, protegidos en el campamento base que hemos construido con nosotros mismos en lugar de contra nosotros mismos. Sabernos acompañados por alguien que sabe todo de nosotros, todo absolutamente, incluidos los secretos, y aún nos elige como su mejor amigo decidiendo estar a nuestro lado pase lo que pase. La rehabilitación psicoterapeútica tiene como objetivo último enfocarnos hacia dicha meta. Tratarnos a nosotros mismos con respeto, responsabilidad, sabiduría, humildad, coraje, justicia… tratarnos como nos gustaría que nos hubiesen tratado. Y saliendo de la queja y el reproche, ejercer de tutores con nuestras necesidades de forma constante y consciente. Asumir las consecuencias de nuestras elecciones y aceptando lo renunciado saber disfrutar de lo elegido, sin caer en la duda y rumiación del “y si hubiera elegido…”

El concepto de identidad o el yo, necesita previamente de un tú que haya podido estar para mí. Es decir, en el espejo del apego y los buenos tratos, es donde podemos contar con un tú que me cuida en mis necesidades de forma sana. Que está presente para mí y se da cuenta de lo que le pido. Que no condiciona lo que me da y no me hace sentir en deuda por lo que recibo libremente. Que no me utiliza para cubrir su propias carencias con una entrega aparentemente altruista. Tú que me ayudas a sentir que te importo por lo que soy y no solo por lo que te doy. Un tú que no tenemos que descifrar si estará, dependiendo de nuestro comportamiento, sino que sabemos que estará y me enseñará con cariño y seguridad. En el espejo del tú podremos configurar un reflejo del yo reconocido, validado y estimado. Sin amenaza de abandono y entendiendo que la tensión es sinónimo de aprender juntos porque le importamos. Si hemos tenido dicha experiencia relacional, podremos diferenciar entre cuál es tu necesidad y cual es la mía, sin confusiones afectivas culposas o resentidas, ni interpretaciones egoístas-altruistas. La falta de un tú estructurador en nuestro desarrollo cómo personas, trae consigo la complacencia simbiótica o el egocentrismo narcisista. El yo armónico es capaz de ver y entender al tú relacional, disminuyendo así el riesgo de manipulación afectiva que reproduce carencias de nuestro pasado. Es como si tuviésemos grabado en nuestra memoria implícita algo así como “a mí no me va a volver a pasar lo mismo” y todo esto nos impide ver al de enfrente como es en realidad. Nos teletrasportamos a sensaciones temidas del pasado o anheladas idealizadamente. El resultado es confusión relacional y reproducción de patrones de conducta relacional aprendidos en el pasado de forma temerosa o temeraria.

El encuentro relacional entre dos “yoes ecológicos”, nos brinda la oportunidad de reorganizar y autorregular la esencia de nuestra identidad. En el contexto terapéutico esto obliga al terapeuta a estar muy atento a las posibles contratransferencias que se dan con sus pacientes. Es decir, lo que sentimos con determinado paciente y que nos confronta con algún asunto ciego y no adecuadamente resuelto. La relación se mediatiza por elementos ajenos a la rehabilitación psicoterapeútica. Existe riesgo de contaminación al paciente y el propio paciente se puede sentir revictimizado por el terapeuta. Es lo que conocemos por iatrogenia terapéutica.

Si atendemos al encuadre terapéutico, podemos variar desde la versión individual hasta la grupal, pasando por la pareja o la familiar.

El grupo permite elaborar aspectos relacionales de una forma vivencial puesto que la presión grupal esta presente en las sesiones. Mostrarnos a la vez que nos sentimos observados por varias personas aumenta el miedo al enjuiciamiento, y esto puede provocar mayor inhibición, confrontación, rememoración de problemas de relación grupal… además de darnos la oportunidad para elaborar la especulación de la imagen que los demás se hacen de nosotros mismos. Los grupos homogéneos (aquellos que se crean entorno a una misma situación, por ejemplo duelo) favorecen la identificación entre los componentes y la cohesión grupal permite la expresión de emociones. El sentimiento de pertenencia se da de forma temprana. También se puede trabajar la transferencia colateral de afectos y sensaciones. Escuchar el relato de otras personas puede ayudar a construir y entender el propio. En el grupo existen varios espejos humanos en los que nos podemos dejar sentir y al mirarnos, siempre desde la seguridad que brinda el terapeuta y el contexto terapéutico, podremos elaborar aspectos conflictivos y enquistados en las relaciones sociales. El compromiso es el de aprender juntos y nos implicamos con el fin de ajustar la imagen social que construimos en las relaciones con los demás.

La terapia de pareja permite asignar al terapeuta la responsabilidad de encarnar “al otro”. Esa tercera persona que en nuestro imaginario representa a aquél que se da cuenta de lo que nos está ocurriendo y con justicia, empatía y conocimiento nos ayuda a entendernos y negociar ese tercer espacio que necesita siempre una pareja. La necesidad de tres espacios como son el tú, el yo, y el nosotros. Un nosotros sin conclusiones o codependencias. Sin espejismos idealizados que encorsetan al tú con nuestras expectativas sin respetar sus realidades. Un ejercicio de dignificar nuestro yo atreviéndonos a expresar nuestra realidad sin bloquearnos por el miedo al conflicto y todo lo temido que ello puede suponer. El terapeuta hace de espejo y testigo aceptado por ambas partes como alguien ayudador al que dotamos de credibilidad y autoridad moral. Como una conciencia sabia que nos ayuda en el camino de encontrar nuestra armonía.

En los trabajos con las familias la complejidad del trabajo requiere en ocasiones tener sesiones también por separado para poder estructurar y organizar los subsistemas que pueden estar dificultando el sistema de familia. Subalianzas, guiones de rol asignados dentro del sistema y roles reversales en los que no se respetan los papeles de padres e hijos…el trabajo terapéutico puede ayudar a definir los hechos que ocurren en las familias y no tanto las interpretaciones que los miembros de la familia hacen de ello. Separar realidades comportamentales de traducciones emocionales. Aprender a respetarnos y sentirnos libres en los lugares de la familia que nos corresponden sin coger responsabilidades que no son nuestras. Encontrar un equilibrio entre el dar y el recibir dentro de las posibilidades de cada uno, dentro del sistema. Honrar y agradecer, además de celebrar, acompañar y alegrarnos por ello. Como vemos son muchos matices complejos que se trabajan en el sistema familiar y que pueden ayudar a la homeostasis saludable, deshaciendo conflictos transgeneracionales que pudiesen estar afectando también a la relación actual. El propio sistema de familia tiene identidad propia y contiene a sus miembros individuales dándose forma mutuamente y en constante plasticidad. El terapeuta es una figura que busca que cada miembro del sistema familiar afine su identidad al igual que un instrumento musical en la orquesta de la familia. La responsabilidad en encontrar la afinación adecuada en cada miembro, y en lugar de interpretar una partitura concreta, permitir que la propia orquesta de la familia se armonice con los sonidos afinados de todos los instrumentos. Y hacerlo en constate búsqueda de equilibrio conjunto, respetando la individualidad. La melodía resultante es única, flexible e integradora. El sentimiento de pertenencia a la misma orquesta, motiva a sus miembros a cuidar, desarrollarse y generosamente apoyarse. Además de entenderse como el sistema familiar que incluye las partes en el todo familiar, con respeto al sonido único de cada componente.

Existen terapeutas que trasmiten con carisma emocional y empatía, que nos ayudan a sentirnos seguros y guiados, confrontados y acogidos, entendidos y confundidos. Estos profesionales son la esencia de la psicoterapia.

En fin, tal y como he intentado trasmitir a lo largo del artículo, la psicoterapia es un proceso que se encamina hacia aprender a tratarnos a nosotros mismos como nos hubiese gustado haber sido tratados. Si la experiencia terapéutica nos ayuda a conseguir esto, la terapia habrá valido la pena. Sabremos entonces, que existimos para nosotros mismos en los momentos de soledad. Y que somos alguién cuando nos relacionamos con los demás, sin sentirnos pequeños o grandes.

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