Entrevista a Pepa Horno Goicoechea, ponente que participará en las IV Conversaciones sobre apego y resiliencia infantil, en San Sebastián, 4 y 5 de octubre de 2019.

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Entrevista a Pepa Horno Goicoechea, ponente que participará en las IV Conversaciones sobre apego y resiliencia infantil, en San Sebastián, 4 y 5 de octubre de 2019.

IV CONVERSACIONES SOBRE 

APEGO Y RESILIENCIA 

INFANTIL

SAN SEBASTIÁN, 4 y 5 DE OCTUBRE 2019

Damos a conocer a la segunda ponente que participará en las Conversaciones animando una mesa de experiencias.

Mes a mes, iremos conociendo a todos/as los/as ponentes, mediante una entrevista.

El día 6 de mayo de 2019 se abrirá el plazo de inscripción.

Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea, psicóloga, nos ha confirmado su presencia en las IV Conversaciones sobre apego y resiliencia infantil. Es un privilegio contar con su participación para animar una mesa de experiencias en torno al tema del acogimiento familiar. Con motivo del 25 aniversario del Centro Lauka, empresa que gestiona junto con la Diputación Foral de Gipuzkoa el servicio técnico de apoyo al acogimiento familiar, pensé que este feliz y especial acontecimiento merecía una profesional elegida para la ocasión, con formación y experticia en el ámbito, pero también con cualidades humanas como su sensibilidad y capacidad para conectar y sintonizar emocionalmente con los protagonistas que tomarán parte en la mesa: los niños, los jóvenes, los adultos que fueron acogidos, los profesionales del pasado y del presente… Pepa será la encargada de acompañarles en la evocación de los recuerdos, de cómo fueron entretejiendo redes de resiliencia, al tiempo que también se expondrán cuales son los desafíos, necesidades y los retos para el futuro de esta medida de protección.

Aprovechando su participación en las IV Conversaciones, he entrevistado a Pepa Horno Goicoechea con el fin de que podáis conocerla en profundidad. Hace un repaso de su carrera, de su punto de vista sobre el acogimiento familiar, su visión del daño que los malos tratos causan al neurodesarrollo, los factores que influyen en la recuperación de un trauma, su cita favorita y su revelación más personal y admirable pues es resiliente en primera persona.

¡Muchas gracias, Pepa Horno, por acceder a hacer esta entrevista regalándonos tu saber y por participar en las Conversaciones. Contamos los días para poder verte en persona y disfrutar de esta mesa de experiencias que, estoy seguro, será inolvidable!

  1. Pepa, es la primera vez que participas en este blog. Me he referido a ti en varias ocasiones, hablando sobre todo de tus libros, pero nunca hasta la fecha habíamos tenido la oportunidad de que conversaras conmigo para los lectores de Buenos tratos. Estamos encantados. Aunque yo creo que la mayoría de personas que siguen el blog te conocen, preséntate, no obstante, en unas líneas…

Soy Pepa Horno Goicoechea. Nací en Zaragoza, pero tengo el alma medio maña, medio madrileña, medio vasca y medio mallorquina. Me enamoré del mediterráneo y ahora vivo en Palma de Mallorca. Soy madre de una preciosidad que tiene ya 12 años y trabajo como psicóloga y consultora en infancia, afectividad y protección. Me apasiona conversar, viajar, escribir, leer e ir al cine. Creo en las redes de amor, en las espirales de la vida y en la alegría como opción.

  1. ¿Por qué decidiste hacerte psicóloga?

Siempre he pensado que parte de una vivencia de infancia. Solía preguntarme por qué la gente me contaba sus problemas, qué era lo que tendría yo que hacía que la gente confiara en mí y mis amigos me contaran sus secretos. Pero te confieso que yo iba para profe, quería enseñar e investigar, que al final en parte tiene mucho que ver con parte del trabajo que he hecho estos años. Iba a hacer pedagogía y luego psicología. Pero al final empecé al revés y me enamoré de la psicología evolutiva y de la clínica, y ya nunca me cambié.

  1. ¿Puedes dibujarnos tu recorrido profesional? ¿Cuáles fueron tus comienzos y cuál ha sido tu trayectoria hasta fundar la Consultoría Espirales?

En tercero de carrera me enamoré de la psicología evolutiva y de la teoría del apego, y acabé la carrera decidida a hacer la tesis doctoral sobre ese tema. Pero ese mismo año tuve una experiencia laboral que me cambió, trabajé en una unidad de niños con VIH en los tiempos en que la tasa de supervivencia era muy limitada. Acompañarles en su proceso me cambió como persona. Así que cuando me propusieron entrar en Save the Children en el año 1998 para coordinar la campaña estatal “Educa, no pegues” contra el castigo físico y psicológico a los niños y niñas no lo pensé. De ahí pasé a llevar todos los programas sobre violencia contra la infancia en la organización y los últimos dos años a coordinar el departamento de incidencia política. Aquellos años me dieron la oportunidad de viajar por todo el mundo dando talleres sobre violencia contra la infancia y participar en el diseño de planes de actuación, estrategias de incidencia política y legislativa y campañas de sensibilización sobre la temática. Aquellos viajes me enseñaron que la violencia contra la infancia es un tema universal, que no depende de la cultura en la que vives sino del manejo del poder en las relaciones interpersonales. Cambió mi manera de entender el desarrollo del ser humano. Escribí manuales de formación (estoy especialmente orgullosa del manual de actuación ante el abuso sexual infantil), coordiné campañas e investigaciones a nivel estatal (aún me conmueve recordar la primera investigación que tuve la suerte de coordinar en España sobre niños y niñas víctimas de la violencia de género en el año 2006. Aquel grupo de investigadores logró poner en agenda social y política un dolor que hasta entonces era ignorado. Entonces no imaginábamos todo lo que se lograría después). Fueron once años increíbles. Pero llegó un momento que el trabajo de gestión de equipos me alejó del trabajo técnico con la gente. Necesitaba volver al trabajo técnico, aunque sea de cara a la incidencia política y legislativa, pero mi lugar estaba en el aporte técnico. Por eso creamos Espirales CI, con el objetivo de ser un referente técnico en temas de protección y desarrollo afectivo y ayudar a los profesionales que intervienen de forma directa con los niños y niñas y sus familias para mejorar la calidad de su intervención tanto en el ámbito social, como educativo, sanitario y también político. Y tuve la inmensa fortuna de hacerlo de la mano de mi compañero F. Javier Romeo Biedma, y de otras personas que han formado parte del proyecto estos casi diez años ya. He impartido formaciones, superviso equipos, escribo y desarrollo materiales de prevención o investigación. Pero sobre todo desde Espirales CI hemos intentado construir redes entre los profesionales, organizaciones e instituciones que comparten una visión con nosotros desde un enfoque de derechos del niño, psicología del vinculo, psicología del trauma…profesionales como tú, Jose Luis. En definitiva, he tratado de ser un referente de apoyo técnico a quien en lo cotidiano tiene en sus manos el dolor de los niños, niñas y adolescentes. He ido publicando diferentes libros y artículos sobre las temáticas que trabajo y además en los últimos años he tenido la fortuna de recuperar el trabajo terapéutico privado que tuve que abandonar por tanto viaje.

  1. Estarás en San Sebastián en las IV Conversaciones sobre apego y resiliencia infantil. Para nosotros es un honor que participes. Vas a dirigir y animar una mesa de experiencias en la cual vais a hablar sobre el acogimiento familiar, con motivo del 25 aniversario del Centro Lauka, empresa que gestiona este programa para (y junto con) la Diputación Foral de Gipuzkoa. ¿Puedes darnos un adelanto de lo que tratará? Da argumentos para que quien lea estas líneas sienta el impulso de decirse: “no me lo pierdo”

Yo creo que argumentos para ir a las Conversaciones sobran. De hecho para mí participar implica quitarme la espinita de no haber podido venir los años anteriores, porque siempre me pillaron de viaje. Pero un encuentro como éste donde se “conversa”, ¡qué palabra tan importante!, donde no se dan conferencias sino que se crea un espacio para poder conversar, tanto entre los participantes en las mesas como con el público..un espacio así es sencillamente un regalo. ¿Y la mesa sobre acogimiento familiar? Pues hablaremos de cómo el acogimiento familiar es quizá, dentro del sistema de protección, la figura que más mira al niño, niña o adolescente, la que más tiene en cuenta sus necesidades de conservar sus afectos y sus orígenes, al mismo tiempo que ser cuidado y protegido. Cómo el acogimiento familiar cuestiona nuestros esquemas mentales como sociedad y como profesionales porque nos exige revisar el significado de palabras como “amor”, “familia” o “protección”. Cómo nos exige acompañar procesos protagonizados de verdad por otros: la familia de origen, la familia acogedora y el propio niño o niña. Y cómo nos lleva necesariamente a plantearnos itinerarios de actuación individualizados donde las medidas de protección no sean un objetivo en sí mismo ni el sistema sea un obstáculo por su burocratización. Hablaremos del verdadero significado de la palabra “red”.

 

  1. ¿Cuál es tu punto de vista profesional sobre el acogimiento familiar? ¿Cuáles son los principales retos y desafíos cara al futuro?

Para mí el desafío más importante es que el sistema sea capaz de flexibilizar e individualizar sus actuaciones, estableciendo intervenciones que pongan al niño como eje central. Ese criterio del “interés superior del niño” que por desgracia varía tanto casi como profesionales hay evaluándolo. Ser capaces de permitir y promover la coparentalidad de la familia biológica y acogedora. Contemplar que el apoyo y el acompañamiento a las familias no puede limitarse a las ayudas económicas y que los municipios y las autonomías tienen muchos recursos que pueden utilizar para apoyar el proceso del acogimiento familiar que a día de hoy no contemplan. Y por supuesto introducir en la atención a los niños, niñas y adolescentes aspectos esenciales que no pueden depender de que encuentren profesionales adecuadamente formados como la elaboración afectiva de su historia de vida, la flexibilización de sus mecanismos disociativos fruto de su historia de trauma o la generación de una red afectiva sólida de la que puedan formar parte ambas familias y que no puede limitarse a los recursos del sistema de protección.

  1. Tempus fugit es el lema del congreso. Con ello queremos aludir a que el neurodesarrollo no espera y que un niño necesita los nutrientes físicos y afectivos necesarios para un pleno desarrollo físico y psicológico. ¿Crees que existe una verdadera concienciación social sobre estos periodos sensibles del desarrollo o por el contrario aún estamos muy lejos de darnos cuenta de ello y actuar en consecuencia y protegiendo al niño? 

Éste es un aspecto en el que se plasma muy bien la invisibilidad del desarrollo afectivo del niño o niña. Si hablas, por ejemplo, en el ámbito de la salud de los periodos sensibles para el desarrollo de los hitos madurativos se tiene muy claro y se ha avanzado muchísimo en el desarrollo de equipos y servicios de atención temprana. Ocurre lo mismo en el ámbito educativo en la detección precoz de las dificultades de aprendizaje. Pero ¿y lo afectivo? ¿Cuáles son los tiempos que se establecen para lo afectivo? ¿Existe la misma urgencia para la detección precoz, para la intervención temprana, para la toma de decisiones del sistema de protección? La respuesta es un rotundo “no”. El sistema prioriza los procesos y la evaluación de la familia en la toma de decisiones. Cuando hago formaciones y supervisión con los equipos de atención temprana me doy cuenta de que no conocen los hitos madurativos del desarrollo afectivo del mismo modo que otras áreas del desarrollo y tienen una gran dificultad para realizar un adecuado diagnóstico diferencial entre determinadas alteraciones en el desarrollo y los trastornos del vínculo, por ejemplo. Así que no creo que sea sólo una cuestión sobre el “tiempo” sino sobre la invisibilidad de la afectividad y su papel como condición imprescindible para garantizar el desarrollo pleno de un niño, niña o adolescente.

  1. Hay algunos niños que se recuperan mejor que otros de un trauma relacional o complejo. Desde tus conocimientos y experiencia profesional, ¿de qué factores depende?

El ser humano es maravillosamente complejo y difícil de encajar en patrones fijos, de ahí la diversidad de reacciones ante el trauma. Pero quizá merezca la pena tener presente algunas cosas. Para mí el factor clave para la recuperación de un trauma relacional es un vínculo seguro y una red afectiva sólida. No se trata tan sólo de un vínculo positivo, sino que este vínculo se dé en un contexto protector creado por una red afectiva sólida que acompañe esta vinculación. Cuando trabajas con familias acogedoras o adoptivas, en mi propia experiencia como madre adoptiva, entiendes que no es sólo que el niño pueda crear un vínculo seguro con un adulto sino que este proceso se dé en una red de relaciones que sostengan tanto al niño o niña como a su cuidador o cuidadora. No es posible una vinculación profunda y sólida en soledad. Y me refiero a la soledad entendida como ausencia de red afectiva, no desde un determinado modelo familiar.

El segundo factor clave es que puedan regular sus funciones básicas corporales con una rutina de seguridad como primer paso en el proceso de recuperación, previo al abordaje de otros aspectos. Que puedan, literalmente, dormir por la noche. Y lo formulo así porque es algo tan básico, tan nuclear, tan específico que en mi trabajo me ayuda a menudo a que los profesionales entiendan cuál es la necesidad real del niño o niña. Su necesidad es poder dormir sin pesadillas, sin despertarse varias veces cada noche, cerrar los ojos sin miedo y dormir profundo. Porque durmiendo reequilibran el sistema nervioso. Es el primer paso para poder flexibilizar los mecanismos disociativos que pusieron en marcha para sobrevivir. Pero dormir es muy complicado cuando tienes miedo a los monstruos que guardas en tu memoria corporal, los tengas o no conscientes. Te hace temblar al cerrar los ojos o moverte sin parar cada noche o tener pesadillas…pensar que al día siguiente ese mismo niño va a poder llegar a tiempo a la escuela, cumplir su tarea o comer adecuadamente es no entender el significado del “trauma”. Una de las tareas que yo les pongo a los equipos a los que superviso en los centros de protección es que pasen al menos una vez por el turno de noche y vean la postura corporal en la que duermen los niños y niñas. Cuando ves dormir en posición fetal y cubiertos por una manta a adolescentes que durante el día asustan por su agresividad y el descontrol de su conducta es cuando entiendes que los monstruos tardan mucho más tiempo del que parece en irse. Primero se van de la mente, luego del corazón, pero tardan mucho tiempo más en irse de las “tripas”. De hecho, en muchos casos no se van. Los niños, niñas y adolescentes sencillamente aprenden a vivir con ellos.

 

  1. ¿Qué consideras que las familias, educadores, maestros, psicólogos, médicos… que acompañan y trabajan con los niños deben de tener presente en su día a día en su mente y no olvidar?

Si pienso en familias y educadores me nacen dos cosas esenciales: No educamos en lo que decimos, sino en lo que vivimos. Todo lo que no se convierte en vivencia, no llega al niño o niña, empezando por el amor. Un niño (y un adulto) no se sabe amado, se siente amado. Y lo siente a través de infinitos pequeños detalles que crean un clima afectivo que respira y desde el que se desarrolla. Convertir en vivencia cotidiana aquello que queremos trasmitir sería la primera clave.

Y la segunda es que uno no educa o cría en lo que hace un día, sino en lo que hace la mayoría de los días. Todos nos podemos equivocar pero la exigencia como familias o educadores es el trabajo personal, la elaboración de la historia de vida previa, la consciencia sobre nuestros propios modelos afectivos y el autocuidado. No podremos educar bien si no estamos bien.

Y, si pienso en los profesionales, añadiría una tercera. La base de la intervención no es la modificación de conducta ni puede ser la evaluación y el control. Si lo hacemos así, les perdemos, bien sea como maestros, como educadores sociales, como psicólogos… Hoy sabemos que la base del desarrollo del niño o niña es que se sienta seguro, protegido y a salvo. Un niño que tiene miedo tiembla, no aprende. Por lo tanto, la clave de nuestra intervención profesional debe ser generar entornos protectores. Y ningún entorno va a ser seguro si no es afectivo. Por eso en el caso de los profesionales que trabajan con personas, y especialmente con personas que están sufriendo, ser afectivo no es una opción, es una obligación. La afectividad consciente es una competencia profesional que debe ser promovida, evaluada y sistematizada en los entornos donde viven niños, niñas y adolescentes, desde las familias y las escuelas hasta los entornos institucionales.

  1. ¿Tu cita favorita?

“El principito”, siempre “El principito”. Y especialmente el pasaje del principito con el zorro completo. Pocas descripciones mejores he leído de lo que es un vínculo que la de “domesticar” que usa el zorro.

Al final, cuando ya ha enseñado al Principito que cuando a uno lo domestican las cosas adquieren otro valor, como el color de los campos de trigo que antes de conocer al Principito no tenían significado para el zorro pero desde entonces le recuerda a su pelo rubio. Así que cuando el Principito se va a ir y llega a despedirse del zorro, éste le dice:

“– Voy a llorar.

– Pero es culpa tuya. Yo no quería, pero tú insististe en que te domesticara y ahora vas a llorar.

– Así es.

– Entonces no has ganado nada.

– Sí he ganado, he ganado el color de los campos de trigo.”

  1. ¿Quieres compartirnos un momento clave de tu vida en términos resilientes?

He tenido varios, pero quizá voy a elegir el más reciente. Lo sigo viviendo ahora mismo. Haberme quedado calva por una experiencia traumática y haber aprendido a vivir sana pero calva (ya son casi cinco años) sigue siendo un proceso de resiliencia cotidiano, tanto más siendo mujer y teniendo un trabajo público. Ver a mi hijo acariciar mi calva, y decirme que “le gusto más calva porque soy aún más amorosa”, me ha hecho comprender hasta qué punto la calva me ha enseñado a mostrar mi vulnerabilidad y mi fragilidad. Saber decir “sí, me asusté, así soy yo” y no sentir vergüenza, ni culpa. Reconstruir mi imagen personal, y mi imagen como mujer. Ser capaz de pasear por la playa calva. Convivir con el hecho de que todo el mundo crea que tienes cáncer cuando estás sana y por un lado, tengas que dar explicaciones pero por otro recibas el cariño y preocupación de la gente… todo eso es resiliencia para mí. ¡El cuerpo es sabio y enseña tanto!

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