El suicidio en la infancia y adolescencia

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El suicidio en la infancia y adolescencia

Llevaba tiempo con ganas de tocar este tema en el blog porque nunca lo había hecho. Trabajando como lo hacemos muchos de nosotros, con niños y adolescentes víctimas de malos tratos, abandono y abuso sexual, el suicidio es una dolorosa realidad que nos corresponde abordar. Y creo que todos los agentes psicosocioeducativos debemos de contribuir  para que deje de ser un tabú y nos atrevamos, con los profesionales de la salud mental a la cabeza, a hablar sobre ello públicamente, sentando las bases para poder trazar un plan de prevención y una red de protección similar a las que existen en otras áreas sociales.

La gran pregunta que todos nos hacemos es por qué un niño o adolescente decide quitarse la vida. ¿Cómo es posible? Solamente con oírlo nos estremecemos, tan joven, lleno de esperanzas, ilusiones, sueños, pasiones, proyectos… Y, sin embargo, algo tremendamente insoportable estaba sucediendo en la mente y en el cuerpo de esa persona menor de edad para llegar a hacer algo tan tremendo que nos hiela la sangre en las venas y nos deja desolados, cuando tenemos noticia de que ha sucedido o nos toca de cerca. Rabia, desesperación, impotencia y después, una amargura llena de infinita pena nos invaden ante el hecho inexorable de un niño o adolescente que se ha quitado la vida.

Según datos aportados por Radio Televisión Española (RTVE), el suicidio adolescente es ¡la segunda causa de muerte entre adolescentes y jóvenes por detrás de los tumores!

Estos son los datos facilitados por RTVE (septiembre 2018):

“De los 10 fallecidos cada día, de media 7 son hombres y 3 mujeres.

Las muertes por suicidio duplican a las que producen los accidentes de tráfico y son 80 veces superiores a las que causa la violencia machista.

Es la primera causa de muerte externa, es decir por causas no naturales, en la población general.

En la población infanto-juvenil (entre 15 y 29) años es la segunda causa de muerte general por detrás de los tumores.

Los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado presentan tasas de suicidio que duplican las cifras de la población general (2,5 veces más).

En 2017 se registraron 46 suicidios entre personal de las Fuerzas Armadas y de los Cuerpos de Seguridad del Estado.

El objetivo que señalan los expertos sería reducir un 20 % las muertes por suicidio en 10 años, lo que implicaría 700 muertes menos cada año.

Por Comunidades Autónomas: Galicia y Asturias poseen las mayores tasas de suicidio por 100.000 habitantes, mientras que la menor la registra la Comunidad de Madrid”

En Chile las estadísticas de suicidio entre los jóvenes también ¡lo sitúan como segunda causa de fallecimiento! 

En el periódico local de El Diario Vasco, de San Sebastián, el 22 de diciembre de 2017 se noticiaba que en Gipuzkoa se suicida una persona ¡cada 5 días!

Estamos ante un problema grave de salud mental al que debemos de hacerle frente entre todos.

Causas posibles de que un joven se dé muerte

El suicido en la infancia (menores de 11 años) es un hecho excepcional. He conocido niños entre 6 y 10 años decir que se quieren morir, expresar temática de muerte, intentar actos autolíticos (lesionarse, golpearse…) e incluso conductas impulsivas en las que no medían el riesgo y podían lanzarse, por ejemplo, por una ventana por falta de sentido del límite y de la contención. Pero no me he encontrado a ningún niño que expresamente manifestara el deseo de querer matarse. Lo cual no quiere decir que no los haya, evidentemente. Como afirma Boris Cyrulnik en su libro “Cuando un niño se da muerte”, “el suicidio infantil no obedece propiamente al deseo de muerte, pues el niño maneja diferentes nociones que un adulto y la muerte es sólo una ausencia temporal y «reversible»”.

Por lo que respecta a la adolescencia, desde el año 2005 las cifras del suicidio han ido en aumento. Tanto que actualmente se sitúa, como hemos dicho, en los niveles más altos como causa de muerte. En esta franja de edad sí he tratado en mi vida profesional  a muchas personas menores de edad que expresaban el deseo de matarse, de querer quitarse expresamente la vida.

En la Guía de Práctica Clínica sobre la Depresión Mayor en la Infancia y Adolescencia elaborada por el Ministerio de Sanidad (2009) y Política Social del Gobierno de España (pendiente de actualización) afirman que son muchos los factores de riesgo que están asociados a la conducta suicida entre adolescentes. Es un fenómeno complejo y multicausal. El primer factor que surge con fuerza es la depresión. Le sigue el intento de suicidio previo, los abusos de sustancias y los trastornos de conducta. Dentro de la depresión, la desesperanza es un factor asociado a la conducta suicida de manera muy robusta: es esa sensación interna de que no hay salida, no hay esperanza, todo es negro, nada va a cambiar y solo voy a sufrir y sufrir y sufrir… Entonces aumenta en el adolescente la visión del suicidio como algo deseable… Se quitan la vida para dejar de sufrir, no porque no deseen vivir.

El documento dice: “Otro factor relevante es la presencia de un trastorno mental. Cuanto más aumenta el número de trastornos comórbidos, más aumenta el riesgo de suicidio. Esto es, el consumo de sustancias junto con una depresión y un trastorno de conducta antisocial, por poner un ejemplo, aumentaría el riesgo”. En mi experiencia, la impulsividad es un componente a tener en cuenta, porque en un momento de desesperación, de frustración, de no saber manejarse ante la adversidad… tener el rasgo de impulsividad puede ser negativo teniendo en cuenta que el paso al acto se hace de una manera más irreflexiva y sin medir las consecuencias de sus actos.

“Los hallazgos sugieren que el diagnóstico psiquiátrico en el momento de la tentativa y la historia psiquiátrica son los factores más importantes para determinar el riesgo suicida. 

Entre los factores psicológicos, algunas variables como la rigidez cognitiva, el déficit de habilidades de resolución de problemas y estar más centrado en el presente que orientado al futuro, se han relacionado con intento de suicidio.

En una revisión sistemática se encontró que los adolescentes con conducta suicida previa en comparación con controles sanos o pacientes psiquiátricos, presentan un mayor déficit de habilidades de resolución de problemas, aunque estas diferencias desaparecen al controlar variables como la depresión y la desesperanza.

También se han identificado el neuroticismo y la tendencia a atribuir a factores externos el control de su propia vida.

Con respecto al apego, algunos patrones de apego problemáticos, caracterizados por ansiedad de separación excesiva, se relacionan con ideación suicida.

El intento de suicidio previo es otro factor de riesgo: La mayoría de los estudios consideran que es uno de los factores de riesgo más importantes, fundamentalmente en varones. Algunos estudios ponen de manifiesto que aproximadamente el 50% de los adolescentes que llevan a cabo un intento de suicidio serio han cometido al menos un intento previo.

En cuanto a la edad: antes de la pubertad, tanto el suicidio como la tentativa son excepcionales, posiblemente debido a la inmadurez cognitiva que dificulta la ideación del plan y su ejecución y a que algunos niños pueden no apreciar el suicidio como un hecho irreversible. Sin embargo, aumentan en la adolescencia asociados a la presencia de comorbilidad, especialmente trastornos del estado de ánimo y abuso de tóxicos.

Sobre el sexo, existen patrones de suicidio en cuanto al sexo, pero no son iguales en todos los países. En general el suicidio es más común en varones, pero las mujeres realizan más intentos de suicidio. En España el sexo se ha considerado un factor diferencial, puesto que las tasas de suicidio llegan a ser hasta tres veces más altas en varones que en mujeres en todos los grupos de edad”.

En el documento mencionado, hay muchos más factores que se han estudiado, como los genéticos y los biológicos, los acontecimientos vitales estresantesfactores educativosexposición a casos de suicidio cercanosproblemas sentimentalesorientación sexualbullying, ciberbullying y, finalmente, dos que quiero comentar especialmente: las situaciones de maltrato, abandono y abuso sexual y el apego.

Luego hablaré sobre ellas, antes quiero brindaros una reflexión.

Este niño o joven lo que quiere es…

Creo que aún pervive la idea de que los niños o los jóvenes cuando emiten determinadas conductas lo hacen por (aquí poner cualquier teoría que tengáis) causas que normalmente invalidan lo que están expresando. Se niega, se minimiza, se tergiversa, se cambia, se transforma, contradice… su verdadero modo de sentir y percibir lo que les pasa invalidándoles y no ayudándoles a reflexionar y organizar sus experiencias. Así, oído a menudo: “Este joven lo que quiere es manipular”. “Solo busca llamar la atención”. “Es un mentiroso compulsivo”. “No le importa suspender” Etc.

El adulto que está a su lado empieza a hacerse cábalas hipermentalizadoras tratando de averiguar el oscuro móvil que motiva la conducta del niño o joven, y casi siempre es en contra de este, atribuyéndole una intención y, en muchos casos, una etiqueta negativas…

Esto considero que persiste en el mundo adulto (padres, profesores, educadores, profesionales de la salud…)  y está presente en el día a día.

De este modo, por poner algunos ejemplos, si el niño dice que se siente cansado es porque no quiere hacer los deberes; si pega o insulta a otro, es malo o un rebelde (casi nunca dirán que se siente mal); si dice que un vecino le ha tocado en sus partes íntimas, a lo mejor es una fantasía suya; si una niña le dice a un profesor en clase que su madre le pega y le hace mucho daño, le contesta si es consciente de lo que supone afirmar tal cosa (esto me ha ocurrido recientemente), en vez de validar la valentía de esa niña; si el niño dice que sus padres discuten mucho, a lo mejor exagera; si le duele la tripa, es una excusa para no ir a clase… Y si seguimos así, podemos llegar a…

Que el joven exprese que se quiere morir, que no quiere vivir… = Lo hace para llamar la atención.

¡Buf! En temas de suicidio o cercanos a él aprendí del gran Rafael Benito (psiquiatra) una lección bien clara: jamás interpretes una conducta suicida, una expresión de este tipo o la manifestación de un intento. Puedes equivocarte de medio a medio, minimizar y no validar la inmensa amargura que una persona tiene para llegar a ese punto… Con eso le dejas al otro en la indefensión, la impotencia, la soledad, la invalidación… “¿A quién le importa y le importo?” – dirá. Y la posibilidad de que aumente la desesperanza y el deseo consiguiente de hacerlo está ahí.
Los jóvenes dan señales que anteceden a un suicidio: expresan que nadie les quiere, que la vida solo es sufrir y que no hay solución, se les ve solos y sin amigos, escriben frases en redes sociales o lanzan mensajes inusuales de despedida o adiós… Hemos de afinar y aguzar la sensibilidad para ser capaces de captarlas…

Los niños y jóvenes son personas y tienen sentimientos

Parece una verdad muy evidente, pero, si os fijáis bien en vuestro entorno, observaréis que socialmente no lo es tanto. Hay quien ve adultos en miniatura en los niños y niñas.

En mi opinión, nos olvidamos de que los niños o los jóvenes son personas. Tienen sentimientos, deseos, esperanzas, ilusiones, intenciones… ¡positivas también…! ¿Los vemos, los sentimos, los reconocemos…como personas con mundo interior? ¿Trabajamos con ellos desde la confianza? ¿Por qué no se la otorgamos? ¡Qué difícil es ser niño en un mundo adulto!

Todos los niños y jóvenes quieren hacer las cosas bien: ser felices, tener amigos, aprender, labrarse un futuro, gustar a los otros, destacar, mostrar su talento… Si no lo hacen es porque o bien no tienen las herramientas ni el nivel de desarrollo madurativo, emocional, cognitivo y moral que tenemos los adultos (algunos) y precisan de estos como modelos para aprender y prestarles su cerebro; o porque están bajo unas condiciones familiares, educativas y/o sociales que inciden en la creación de un trauma complejo que impide su sano desarrollo y la posibilidad de desplegar a su verdadero yo. Crecen con capas de defensas psicológicas y las necesitan para sobrevivir.

Por eso, los adultos hemos de ver la mente de los niños y jóvenes, recoger su mundo interno, validar sus emociones, mostrar firmeza ante las conductas que puedan ser dañinas para él o los otros (pero tratándoles bien: respeto), poner normas coherentes pero flexibles (ponerse los bigotes sin perder el control). Tenemos que comprender que un niño tiene una mente con estados internos y no quedarnos solo con las conductas exteriorizadas. O atribuirles a estas una elaboración mental adultista que etiqueta al niño con un discurso rechazante, etiquetante, humillante…

El niño o joven deben sentir en todo momento que le queremos y aceptamos, aunque no estemos de acuerdo con él o transgreda una norma. Lo más importante siempre es salvar a la persona del niño o joven.

Esto es vital en el tema que nos ocupa, porque si una persona menor de edad no es validada en sus emociones y en muchas de sus cualidades, si se dan factores de riesgo para que el suicidio anide en su mente, pensará que cualquier verbalización en este sentido nunca será tomada en cuenta, porque si ni siquiera escuchan sus argumentos cuando se comporta negativamente ni recogen sus emociones, ¿cómo lo van a hacer cuando diga que no quiere vivir? Si el niño o joven es no visto…

El maltrato, el abandono y el abuso sexual

“Los niños sometidos a situaciones de abuso físico y sexual tienen alta incidencia de conducta suicida”, dice la Guía del Ministerio. Mi experiencia clínica me dice lo mismo: en un tanto por ciento bastante significativo de personas menores de edad de mi entorno que desgraciadamente se suicidaron, el maltrato, el abandono o el abuso estaban presentes.

Ser maltratado es una de las experiencias mas duras a las cuales puede ser sometido una persona menor de edad. Ser dañado por aquellos que dicen ser tus padres o seres queridos y que afirman amarte, genera una disociación mental compleja de elaborar para la mente humana que no está preparada para ello.

El abuso sexual es una de las causas demostradas científicamente que pueden acortar la vida. Afortunadamente, la gran mayoría de las víctimas desarrollan resiliencia. Esta experiencia de traición a la confianza hace sentir al niño culpable, despreciable, sucio y con sentimientos internos autopunitivos que llegados a la adolescencia se pueden traducir en conductas autolíticas. Si se suman factores de riesgo, la probabilidad de que pueda aparecer el suicidio es alta. Es uno de los sucesos que para la OMS pueden acortar la vida de las personas, restando años.

Del mismo modo, el abandono es una forma de maltrato que aún se minimiza mucho (o no se reconoce como tóxica) porque supone crecer sin el soporte emocional que un adulto ha de dar a todo niño. No sólo me refiero a situaciones detectadas por los servicios sociales, sino al creciente abandono próximo (Schore), a padres físicamente presentes, pero emocionalmente ausentes. Dan todo lo material que el niño precisa, pero la función de los padres de ser figuras suficientemente permanentes, empáticas y poniendo límites y normas con coherencia y consistencia, no se produce de una manera en la que el niño o joven interiorice una seguridad y una vivencia de sentir ser merecedor de ponerse en su piel y darle contención.

Crecer con una expectativa interna que duda de la disponibilidad y seguridad emocional de los otros significativos, puede ser un factor de riesgo que, evidentemente, sumado a otros, puede abocar a un joven a sentirse en la absoluta soledad, indefensión y desesperación. Aumenta así la probabilidad de hacer un intento autolítico o, directamente, matarse.

Cuando el maltrato y el abandono son extremos, muchos niños y jóvenes crecen con el dolor de sentir que sus figuras parentales les han fallado gravemente… Muchos sufren las heridas de este maltrato y/o abandono y sus secuelas de manera permanente; y a pesar de todos los esfuerzos que hacemos como profesionales, en algunos casos no resulta suficiente para que un joven no vaya sumando otros factores de riesgo que pueden dar como resultado un desenlace fatal y tremendamente triste como lo es el suicidio. Algunos desarrollan resiliencia, y esta es posible; pero otros no. Esos otros han de ser un desafío para los profesionales y personas que les cuidan y se ocupan de su bienestar: trabajar para mejorar sus condiciones de vida y no abandonarlos a su suerte. Y desde luego, detectar las posibles tendencias suicidas.

El apego

El apego, la creación de un lazo afectivo duradero entre el bebé y un adulto, en base a experiencias relacionales, es seguro cuando el infante interioriza a la persona que le cuida (gracias a sus cualidades de sensibilidad, empatía y capacidad reflexiva) como base de seguridad. Ha recibido experiencias de confort y regulación emocional ante amenazas externas, y también han modulado sus impulsos y emociones (pues el bebé carece de recursos psicológicos para ello), interiorizando en su cuerpo y mente la expectativa temprana de que hay alguien seguro disponible cuando lo necesita psicológicamente. El apego seguro, decimos siempre, usando una metáfora, es como los cimientos de un edificio: el fundamento seguro para ser y estar en el mundo, el legado que los padres (o cuidadores) nos dejan, un ingrediente necesario para desarrollar una personalidad estable.

El apego seguro, como dicen los autores (Waters en este famoso vídeo), no nos libra de la depresión ni del suicidio. Pero es un importantísimo factor de protección porque nos hace sentir desde muy pequeños, desde bebés (como la primera niña del vídeo), desde las primeras interacciones sensoriales, que nuestro mundo interno le importa al adulto que está a nuestro lado cuidándonos y sintiéndonos. Y que merecemos ese cariño, ese confort, esa seguridad que experimentamos internamente como buena. Una gratificante sensación, sin palabras, corporal de autoestima y sentimiento sano de valía personal nos envuelven. Por ello, el niño crecerá sabiendo que hay alguien ahí que le escuchará, le atenderá, le validará, le orientará, le regulará y le frenará. Alguien que le quiere incondicionalmente y se preocupa por él. Así pues, en el futuro, cuando haya una piedra en el camino, sobrevengan eventos estresantes, sucedan problemas, se pase por etapas delicadas o se afronte el desafío de vivir, el joven habrá desarrollado una expectativa interna conducente a la búsqueda de personas que le den seguridad, confort y en las que, además, confía (padres, amigos, profesionales, parientes…) ¡Y puede recurrir a ellas porque están disponibles! Internamente, además, sentirá más confianza en sí mismo y sus recursos y una mayor capacidad de gestión de sus emociones ante la adversidad o las frustraciones.

Boris Cyrulnik en su libro “Cuando un niño se da muerte” habla precisamente de la relación de apego como uno de los factores de prevención, de ese “nicho sensorial” necesario para crecer que no tienen todos los niños. Este autor no contempla una sola causa para explicar este fenómeno sino que postula un enfoque sistémico para analizarlo.

Además, en la adolescencia hay un alejamiento natural de los padres como figuras de apego principales en beneficio de los iguales y la pareja. Lo cual no quiere decir que aquellos no sean necesarios ni trascendentes. Hay que seguir estando ahí a su lado incondicionalmente. Pero en este periodo, cobran especial relevancia otras figuras adultas que pueden ser confiables para el joven y que deberían estar en sus vidas: tíos, padrinos, madrinas, profesores, entrenadores, terapeutas, psicólogos, médicos, psiquiatras, vecinos… Este estar rodeado, como red de apoyo, de personas a quienes importas me parece un mensaje tan necesario y protector para nuestros jóvenes que creo que hemos de intentar proporcionarles estos tutores de resiliencia. Máxime cuando no hay adultos confiables en sus vidas.

¿En esta época de redes sociales, móviles, mails… esto es, cuando más comunicados estamos, más solas se sienten las personas? ¿Puede ser la ausencia de personas significativas en la vida de alguien una causa que influya en el suicidio? Personas que sean puerto, base o refugio seguro para alguien, sobre todo cuando la vida nos golpea. ¿Estamos criando personas prematuramente autónomas con problemas para establecer vínculos afectivos? ¿Fomenta nuestra sociedad el apego inseguro? Do it yourself? Esta  investigación señala precisamente que en Estados Unidos la falta de un apego inseguro afecta a cuatro de cada diez niños. Nos debería hacer pensar mucho.

Y es que lo cierto es que la necesidad de vincularse, como decía Bowlby, nos acompaña de la “cuna a la tumba”“Desde la cuna hasta la tumba, somos más felices cuando la vida está organizada como una serie de excursiones, largas o cortas, desde la base segura provista por nuestras figuras de apego” (Bowlby, 1989) En todos los momentos de nuestra vida necesitamos saber que hay una persona con quien tenemos un vínculo sólido y fiable que nos ayudará y brindará confort y apoyo incondicional. Este es el mejor antídoto contra el suicidio. ¿Pero caminamos hacia una sociedad así o al contrario? Hemos de verlo como un imperativo psicobiológico, si no, no se le dará la categoría de necesidad. “Todo niño tiene derecho a una figura de apego en su vida” – deberíamos decir. Y hacerlo.

“Todos necesitamos ser dependientes, a veces”– dijo Kathy Steele en el Congreso de Apego de Roma de 2015. La dependencia está mal vista, pero es sana cuando necesitamos refugio seguro en los demás en muchos momentos de nuestra vida, máxime en una sociedad tan compleja. Lo ideal es como dice mi profesora y colega Maryorie Dantagnan, “una independencia, pero con otros”. 

Prevenir el suicidio

La sociedad aún está muy lejos de haber interiorizado que el bienestar de nuestro sistema nervioso depende de la calidad de las relaciones que establecemos con los demás. Primero, con las personas que nos cuidan de niños y después, con otras con las que iremos vinculando. Esta red psicosocial de calidad es el mejor factor protector, a mi modo de ver.

La calidad de los servicios sociales, la mejora de la economía y el bienestar de los ciudadanos, la educación emocional preventiva, asegurar una figura vincular sólida y fiable a un niño, la baja por maternidad justo a los 4 meses cuando comienza la etapa de la cima del apego o apego centrado… son aún aspectos deficitarios en nuestra sociedad.

Además, existen todavía muchos mitos que hacen del suicidio un tabú: no hay que hablar de ello, cuando todos los especialistas en el tema recomiendan todo lo contrario: verbalizar hace que la angustia se expulse y la pulsión suicida se rebaje o elimine. Otra idea equivocada es sostener que quien lo dice no lo hace, cuando precisamente lo que está haciendo esa persona es avisarnos de ello. Otro tema a eliminar es la interpretación de la conducta suicida: nada es interpretable, si lo dice, hay que atender lo que ha dicho y ayudar a esa persona. Finalmente, otro mito detectado es que si hablas de ello le das ideas al joven a ese respecto. Al contrario, el silencio y el tabú contribuyen a no buscar o encontrar la ayuda necesaria.

En mi opinión, se necesita un plan nacional de prevención e intervención ante el suicidio infantil, adolescente y adulto. Que implique a todo el tejido socio-educativo-sanitario y donde puedan detectarse y reconducirse adecuadamente estas situaciones. Estamos ante un fenómeno lo suficientemente grave como para un plan nacional.

Aunque no resulta fácil preguntar, con confianza y acercándonos progresivamente conseguiremos llegar a ello. Es peor a mi modo de ver, no hablar.

Os dejo con las recomendaciones que la Organización Mundial de la Salud (OMS) hace al respecto:

CÓMO PREGUNTAR:
No es fácil preguntar sobre ideación suicida, se recomienda hacerlo de forma gradual. Algunas preguntas que pueden resultar útiles son:

– ¿Te sientes triste?

– ¿Sientes que no le importas a nadie? – ¿Sientes que no merece la pena vivir? – ¿Piensas en el suicidio?

CÚANDO PREGUNTAR:

– Cuando la persona tiene sentimiento de empatía con el profesional.

– Cuando la persona se siente cómoda al hablar de sus sentimientos.

– En el momento que la persona hable acerca de sentimientos de desesperanza o tristeza.
QUÉ PREGUNTAR:

– Para descubrir la existencia de un plan suicida: ¿alguna vez has realizado planes para acabar con tu vida?; ¿tienes alguna idea de cómo lo harías?

– Para indagar sobre el posible método utilizado: ¿tienes pastillas, algún arma, insecticidas o algo similar?

– Para obtener información acerca de si la persona se ha fijado una meta: ¿has decidido cuándo vas a llevar a cabo tu plan de acabar con tu vida?, ¿cuándo lo vas a hacer?

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